Discurso del 17/12/2007

Discurso de Orden pronunciado el 17/12/07 en la Plaza Bolívar de Táriba
La gloria más pura del libertador, la póstuma, después de escribir con sangre de sacrificio sus más brillantes lecciones de libertad.
Constituye para mi persona un inmenso honor el haber sido designado por la Sociedad Bolivariana Orador de Orden, con motivo de un aniversario más de la muerte del Padre de la Patria, triste efemérides para la América toda.
He aceptado el compromiso interpretándolo como una honrosa oportunidad para brindarle un tributo de gratitud al “Príncipe de la Libertad” como lo llamó Martí en frase elogiosa; como todas las suyas, al Libertador, quien supo amar a su pueblo en una entrega total, y que supo dar un ejemplo de presencia imborrable de pasado, de presente y de futuro. Bolívar pudo superar la muerte porque logró encontrarle un sentido a su vida, con su vehemente deseo de valer y de ser útil. Pocas veces ni en tan corto lapso personaje alguno de la historia se ha alzado del polvo de su sepulcro con tan refulgente aureola de inmortalidad.
Hoy es un día especial, que va más allá de la conmemoración de una fecha importante para nuestra historia, recordamos con profundo recogimiento de pueblo a quien todo lo consumió por la realización del ideal: su vida, su fortuna, su reputación. Víctima lo fue, y por cierto excelsa. Pero de la combustión de su vida nacieron las repúblicas. Es un día especial para reflexionar sobre su ejemplo y hacerlo realidad en nuestros días, recordando, como él nos enseño, que los obstáculos sólo pueden ser superados con trabajo tesonero, que para imponerse sobre las dificultades hace falta la perseverancia y la fe consciente en la causa que profesamos. A los 177 años de su muerte, reunidos en este “Hermoso jardín de la patria”, patrimonio del Municipio, ante esta estatua del Héroe, que le ha tocado aguantar el frío de la madrugada heroicamente, el sol del medio día como corresponde, el olor a podrido de las coronas de las fiestas nacionales anteriores, y las chorreras de los discursos impasible.
La fecha del 17 de diciembre nos lleva a San Pedro Alejandrino a la cama de un agonizante. Es una fecha lacerante para el espíritu de la libertad, de la gloria y de los pueblos: el gran hijo de América, el Libertador, dejaba de existir a la 1 y siete minutos de la tarde, en medio de los dolores morales más intensos que un ser humano pudiera resistir. Desconcertante y a la vez sombrío es en las páginas de nuestra historia el relato de las postrimerías del Libertador, dadas las penosas circunstancias políticas que en parte aceleraron su prematura muerte. Cuando la noticia de la muerte de Bolívar se extendió a todo lo largo del continente, excluyendo el pesar de sus leales amigos, una sensación de placentero relajamiento cubrió los pueblos americanos y aquellos de sus lideres que esperaban ansiosos ese momento, para heredar con beneficios de inventario, la autoridad política del GRAN HOMBRE. Tal era la reacción de unas comunidades sobre las cuales Bolívar había actuado durante veinte años, proporcionándoles permanentes estímulos para que, desde su condición de colonias de una Metrópoli en decadencia, superaran sus diferencias y antagonismos y se reunieran en una basta confederación de pueblos libres, capaz de desempeñar papel destacado en el escenario de la política mundial. La muerte de Bolívar pone así término a la más grande y tal vez única contribución de la América Española a la historia universal. Inspiro los más altos elogios que a mortal alguno pudieran prodigarse. No eran fruto de esa oratoria que trenza sus hilos de oro con los frágiles de la lisonja política, porque la estrella política del Libertador se escondía tras los negros nubarrones de la natural inconformidad de nuestros pueblos con cualquier forma de gobierno. Era la justa admiración por quien había sido, en la historia de América, el más grande de sus hombres. Esto no se discute hoy, porque monumentos, libros, asociaciones y apóstoles de sus ideas, o místicos de su figura genial, se encargan de desparramar por el mundo la excelsitud de su gloria. Pero, en su tiempo, cuando revestido aun de la carne mortal, se le creía vulnerable a los tiros arteros de oportunidades políticas, no se le quiso perdonar que en el infortunio fue tan grande como lo había sido en el pensamiento y en la acción, según dijo Rodó.
Mientras vivió, hubo un hombre con autoridad para hablar a nombre del Continente. Y al hablar y obrar en nombre de América, Bolívar dijo, pensó y realizó su gran obra emancipadora, que este rincón del mundo, olvidado o menospreciado por el orbe civilizado, Se elevó al plano donde se desenvolvía la historia de los grandes pueblos. Ya lo dijo José Martí: “Lo que Bolívar no hizo esta por hacer en América todavía”.
Inició su despedida a los colombianos-- que ha debido ser despedida para la América libre--con estas palabras: “habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la Libertad donde antes reinaba la tiranía”, pero plantear la libertad en el nuevo mundo fué el resultado de catorce años de acciones guerreras casi mitológicas. Quiero pensar en el Libertador, al iniciar sus palabras postrimeras, vivió, en instantes de emoción, toda su existencia dedicada a la creación de naciones Independientes y Soberanas.
En ese momento, no se puede pensar exclusivamente en el Bolívar moribundo, sino en el Bolívar mozo de hasta veintisiete años, de pies sobre las ruinas de Caracas lanzando ante las multitudes sobrecogidas de espanto aquel reto sublime. “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y aremos que nos obedezca”.
Bolívar estuvo siempre más allá de la muerte. A pesar de sus infortunios, muy naturales, en un hombre que había escalado todas las alturas, que había llegado a la cúspide de la grandeza, y para quien la América no tenía ya sitio para contener su gloria y sus hazañas, el Libertador se había hecho Inmortal. La humanidad corporal había sido sustituida por la figura eterna que, como en la profecía de Choguehuanca crece día a día “como crece la sombra cuando declina el sol”.
De sus labios brotan estas palabras: “mis últimos votos, son por la felicidad de la patria , palabras que, pronunciadas en momentos decisivos de su espíritu  ya en el dintel de lo arcano, vienen a ser la ratificación de sus sentimientos generosos y la expresión misma de su existencia consagrada a la Libertad.
Esta síntesis de su pensamiento, conviene detenerse para hacer un examen de conciencia. La felicidad de la patria es una fórmula sencilla, como sencillos son todos los actos de la genialidad. Es en esa idea universal contenida en su última proclama, y no en los conceptos singulares, en donde se muestra el sentimiento que en tales instantes asoma en su espíritu  Su pensamiento exterioriza desahogo ante la ingratitud de sus conciudadanos; hace recomendaciones de tipo político, circunscritas al momento histórico, y como síntesis intelectual, formula sus deseos por el bien y la felicidad de los pueblos.
El legado de Bolívar, al expirar en Santa Marta, quedó como patrimonio integral de América. Mientras los países que recibieron algo de los destellos de su genio continúen reconociendo ese legado de gloria, ninguna diferencia entre ellos podrá ser tan grande para que pueda apagar el eco de los clarines de Ayacucho, Junín, Pichincha, Boyacá y Carabobo. Esos ecos de gloria consolidan la fraternidad inter-bolivariana, y esa fraternidad basta por sí sola para realizar la vinculación permanente que exigen todos los pueblos de América para su bienestar material y espiritual.
En esta fecha en que se conmemora el día luctuoso cuando el Libertador expiró en hospitalario rincón de Colombia, agradezco su presencia, más su atención, pero más agradecería que no se me aplaudiera, pues la palabra del elogio corre y pasa con el tiempo, el aplauso se vierte en el vacío, este momento es sólo propicio para la reflexión, para la oración, para acercarnos a su tránsito doloroso a fin de recordar su obra y refrescar su mensaje--noble mensaje que se confunde con su vida-- y que tiene vigencia para todos los hombres y para todos los siglos. Ante su memoria, no nos queda otro recurso que tratar de comprenderlo y procurar seguir las enseñanzas que legó, adornadas por su visión y su estilo impecables. Más allá de la muerte esta el Libertador. Su tumba es hoy una lámpara votiva, porque allí esta encendido el fuego de su corazón que es inmortal….
¡ Señoras, señores ¡

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